viernes, 23 de agosto de 2013

Los sucesores

Hablemos de engranajes. Los más pequeños eran para las partes delicadas, frágiles, como
algunas uniones de ligamentos de metal bronceado o diminutos miembros internos.

Los había grandes y medianos, para encajar las chapas de la coraza exterior, o con función 

simplemente decorativa.

Una bobina de vapor hacía girar todo el mecanismo, removiendo los fluidos burbujeantes 

por todo el chirriante espécimen, rotando así, las ruedecillas que forman cada tejido,
órgano o sistema, otorgándole vida propia, a veces con una inteligencia abrumadora 
si era de buen material el diseño.

Multitud de trozos, piezas a medio montar y herramientas para efectuar las operaciones yacían en la mesa del taller de vapor.


De las oscuras y húmedas paredes también colgaba una interminable colección de pedacitos de estas máquinas junto a otra variedad de tecnología de funcionamiento similar.


Hablemos ahora de Jak, pero no más lejos de los detalles imprescindibles que 

describen el extraño aspecto de este joven, aunque avanzado mecánico del peculiar vaho.

Nadie sabe como llegó a la región de los "Steam Heart" ni de donde vino. Sin embargo, poco tiempo falto para que multitud de focos oculares luminosos se percataran rápidamente de que no era un autómata de bronce.


Muchos conocían leyendas sobre la existencia de dichas criaturas, pero nunca habían visto de cerca a ninguna de ellas. Resultaban curiosas. Sus cuerpos de colores pálidos no eran fríos al tacto, más bien parecían estar sometidos a temperaturas levemente cálidas. Tampoco eran cuerpos de bronce, ni cuerpos soldados en partes, ni cuerpos articulados por tornillos fijados por tuercas.


Sí, resultaba curiosa esta copia imperfecta, peluda y blanda, cuya mirada se escondía de la extinción detrás de dos pequeños, demasiado pequeños, ojos pegajosos, cristalinos y apagados.


En algunos lejanos lugares, más allá de las tierras de los corazones de vapor, más allá de los cielos gobernados por los piratas del aire, más allá de las arenas rojas, incluso más allá de la gran nada, el paso del tiempo formulaba preguntas a los vientos de cambio. ¿Qué sucedió con estas especies? ¿Por qué desaparecieron?


En este instante, sean cuales sean las respuestas, carecen de importancia. Este es el principio del fin de una raza, un último organismo que construye y comercia las piezas de sus sucesores.


Era una mañana fría, como todas. El fuego amarillo aún no se había molestado en anunciar el final de la fase nocturna.

Un pequeño grupo de pseudomonos decidió madrugar para enzarzarse en su rutinaria guerra de bellotas contra los vidrios de los pisos vecinos. Para unos, estos animalillos causaban gran malestar con su continuo alboroto. Para otros, eran puntuales despertadores. 

Cuando un último pseudomono rezagado, aburrido de las prácticas de tiro, abandonaba victorioso la avenida 84, Jak salió a retirar los proyectiles comestibles que habían aterrizado a la entrada de su fábrica. 

De pronto, un par de ventanas se abrieron y dos inquilinos rompieron el silencio de la madrugada:

- ¡Otra vez! ¡Deberían desinfectar esta calle! - Replicó el más cercano, molesto por la supuesta plaga que ensuciaba todos los días el empedrado de la calzada.

- ¡Cállate Z32! ¡Vas a conseguir que se me desenrosquen los tornillos del núcleo! ¡Haces más ruido tú! - Contestó el que parecía ser partidario de las salvajes criaturas.

- ¡Tú no tienes núcleo, capullo! ¡Al montar tu circuito se olvidaron de ponerlo! ¡Eso pasa con todos los de la serie B! 

Una nueva silueta, alarmada por los estridentes gritos de sus compañeros, apareció en otro de los balcones acristalados:

- ¿Pero qué es lo que os pasa? ¿Os falta aceite? - Preguntó uniéndose a la discusión. - ¡Se os oye desde la calle 44!

Por su parte, Jak permanecía demasiado concentrado en prepararse para la primera cita con uno de sus clientes. Apenas había terminado de retirar los frutos de la alfombrilla cuando unos pasos demasiado puntuales silenciaron el zig zag de su escoba.