Espuma blanca, gozaba de fama entre los autómatas por ser una droga popular y difícil de encontrar. Sus efectos, parecidos a lo que antaño se denominaban sentimientos, los provocaba mayoritariamente su componente principal, la esencia blanca de los corazones usados. Era el escaso ingrediente el que lo convertía en un cotizado y caro narcótico.
Cuando las últimas gotas resbalaban del vidrio precipitándose en su ansiosa boca de bronce, entraron por la puerta lo que parecían ser tres clientes rutinarios con intención de pasar una tranquila tarde de copas.
Uno de ellos se dirigió con paso firme pero sigiloso hacia la esquina tapada por la nicotina. Los otros dos se quedaron en la barra y al poco tiempo fueron al encuentro de su compañero con un par de bebidas.
El primero sacó una baraja de naipes y la dejó caer sobre la mesa.
- Sobran las presentaciones. Hemos venido aquí para jugar ¿no? - Exigió a su adormilado oponente.
- Marvin espera que esta vez merezca la pena. - Contestó sin mucho interés.
Entonces el desconocido mostró un pequeño frasco de cierto líquido espumoso.
- Mi espuma contra tu chapa delantera. ¿qué te parece?. Si mi amigo se une tal vez quiera apostar algo. - Ofreció incitando al resto al juego.
- Yo voy. Espero que esto sirva. - Contestó uno de los que tenían un vaso en la mano mientras sacaba una especie de esfera rojiza con extraños símbolos impresos que brillaban a la leve luz de la bombilla que colgaba del techo.
- De acuerdo, Marvin acepta. - Susurró. - ¿El otro no juega?
- No, yo prefiero mirar. - Dijo retirándose de la partida sin mucho entusiasmo el robot restante.
Se sentaron los dos participantes alrededor del G-9 y sin más preguntas comenzó el reparto.
Cuatro cartas en el aire silbaron al compás del azar, que había empezado a tocar una melodiosa balada de incertidumbre, anunciando la llegada de la primera mano, en torno a la vulgar madera carcomida.
De pronto, el dúo invasor descubrió sus cartas agilmente. Cuatro naipes rojos se burlaron de dos picas, esculpiendo en el brillante rostro de su dueño una fría sonrisa.
Lentamente, una a una, G levantaba las suyas mientras la sonrisa de su enemigo se ensanchaba cada vez más y más, con aires de superioridad, confirmando su amarga derrota en la primera batalla.
Otra vez le tocó repartir a la suerte.
G fue el primero. Dos sietes se daban la mano sin importar el palo, formando una pareja tan perfecta que ni el ejército de picas fue capaz de destruirla, dejando al esbirro de Z fuera del campo.
Ya sólo quedaban ellos. Así como las reglas del juego lo exigían, en caso de empate se mantendría en pie la carta más alta.
Escogieron su destino oculto en el interminable mazo, contaron hasta tres y a la vez destaparon sus armas.
Un as. De todo el montón de cartones que yacía ante sus ojos, había tenido que arrastrar un as. Un insignificante as de corazones que agonizaba ante el poder de la reina roja tras el golpe final.
Z se incorporó con desprecio, recogió su premio he hizo una señal ordenando a sus guardaespaldas que era la hora de abandonar el local.
Se detuvo un instante y mirando fijamente al enemigo vencido le dijo:
- Ya conoces los deseos de la maleducada fortuna. Un día te da la mano y otro te roba lo que más quieres. Toma, puedes quedarte con esta tontería. No sirve para nada.
Dejó caer la esfera de bronce bajo sus pies. Rodó por el suelo hasta chocar en la oscuridad con un ruido sordo.
