- Disculpe. ¿Es aquí donde arregla...? Ya sabe.
Aquella pregunta de bienvenida despertó a Jak de su aturdimiento. Alzó la vista suavemente para contemplar aquella masa de cables que doblaba su tamaño.
Asintió muy lentamente con la cabeza, intentando hacer el menor movimiento posible, como si de una fiera a punto de saltar a por su presa se tratase.
Como el chico no reaccionaba, volvió a probar de nuevo:
- Verás, el otro día Marvin perdió esto en un accidente, ¿sabe? - Añadió señalándose a si mismo.
- Entiendo... - Por fin Jak parecía responder.
- Creo que tengo algo que le puede servir, pero tratándose de algo así no va a ser barato.
- ¿De cuánto estamos hablando?
Jak se introdujo en el interior del recinto y a los pocos minutos volvió a aparecer con una enorme plancha dorada en las dos manos.
- Es de una buena aleación y costosa de elaborar. Serían unos 400 cristales negros. - Confirmó.
- Pero esos son muchos cristales! ¡Marvin no tiene tantos cristales!.
Jak retrocedió unos pasos temiendo que aquella cosa se le echara encima de uno momento a otro.
- ¡Espera! ¡Marvin tiene algo mejor que dinero! - Dijo sacando algo de una bolsa de cuero marrón.
Le mostró una bola del tamaño de su mano que brillaba cuando era expuesta a la luz del pequeño flexo.
- Mira, brilla. Tiene mucho valor.
- ¿Qué es exactamente?
- Marvin no sabe pero es bonita. Seguro que vale muchos cristales. - Insistió ofreciéndosela.
Tomó la esfera con desconfianza de sus fríos dedos metalizados e hizo señas invitándole a entrar en la parte trasera encubierta por una cortina empolvada y gris.
Las dos siguientes horas fueron testigos de la prolongada charla del martillo parlante, del movimiento de las roscas, del enjambre de tornillos salpicando las baldosas, del soplete que escupía intermitente, bolas en llamas cuando la manecilla de un apartado reloj así lo marcaba.
¡Pam! Toc Tuc ¡Pam! ¡Frgg!
Y otra vez.
¡Pam! Toc Tuc ¡Pam! ¡Frgg!
Y otra
¡Pam! Toc Tuc ¡Pam! ¡Frgg!
Y otra... y otra... y otra... hasta que una explosión hizo callar al resto.
¡PUUUUMMM!
- Marvin se ha asustado.
- Yo... yo no he sido... viene de fuera...
viernes, 27 de diciembre de 2013
miércoles, 9 de octubre de 2013
Ataque
Envuelto por el humo de su cigarrillo, en el rincón más oscuro de una apartada taberna a las afueras de Siro, un cuerpo de la serie G-9 se colocaba, tapado por un ejemplar de "El Círculo", con su última botella de espuma.
Espuma blanca, gozaba de fama entre los autómatas por ser una droga popular y difícil de encontrar. Sus efectos, parecidos a lo que antaño se denominaban sentimientos, los provocaba mayoritariamente su componente principal, la esencia blanca de los corazones usados. Era el escaso ingrediente el que lo convertía en un cotizado y caro narcótico.
Cuando las últimas gotas resbalaban del vidrio precipitándose en su ansiosa boca de bronce, entraron por la puerta lo que parecían ser tres clientes rutinarios con intención de pasar una tranquila tarde de copas.
Uno de ellos se dirigió con paso firme pero sigiloso hacia la esquina tapada por la nicotina. Los otros dos se quedaron en la barra y al poco tiempo fueron al encuentro de su compañero con un par de bebidas.
El primero sacó una baraja de naipes y la dejó caer sobre la mesa.
- Sobran las presentaciones. Hemos venido aquí para jugar ¿no? - Exigió a su adormilado oponente.
- Marvin espera que esta vez merezca la pena. - Contestó sin mucho interés.
Entonces el desconocido mostró un pequeño frasco de cierto líquido espumoso.
- Mi espuma contra tu chapa delantera. ¿qué te parece?. Si mi amigo se une tal vez quiera apostar algo. - Ofreció incitando al resto al juego.
- Yo voy. Espero que esto sirva. - Contestó uno de los que tenían un vaso en la mano mientras sacaba una especie de esfera rojiza con extraños símbolos impresos que brillaban a la leve luz de la bombilla que colgaba del techo.
- De acuerdo, Marvin acepta. - Susurró. - ¿El otro no juega?
- No, yo prefiero mirar. - Dijo retirándose de la partida sin mucho entusiasmo el robot restante.
Se sentaron los dos participantes alrededor del G-9 y sin más preguntas comenzó el reparto.
Cuatro cartas en el aire silbaron al compás del azar, que había empezado a tocar una melodiosa balada de incertidumbre, anunciando la llegada de la primera mano, en torno a la vulgar madera carcomida.
De pronto, el dúo invasor descubrió sus cartas agilmente. Cuatro naipes rojos se burlaron de dos picas, esculpiendo en el brillante rostro de su dueño una fría sonrisa.
Lentamente, una a una, G levantaba las suyas mientras la sonrisa de su enemigo se ensanchaba cada vez más y más, con aires de superioridad, confirmando su amarga derrota en la primera batalla.
Otra vez le tocó repartir a la suerte.
G fue el primero. Dos sietes se daban la mano sin importar el palo, formando una pareja tan perfecta que ni el ejército de picas fue capaz de destruirla, dejando al esbirro de Z fuera del campo.
Ya sólo quedaban ellos. Así como las reglas del juego lo exigían, en caso de empate se mantendría en pie la carta más alta.
Escogieron su destino oculto en el interminable mazo, contaron hasta tres y a la vez destaparon sus armas.
Un as. De todo el montón de cartones que yacía ante sus ojos, había tenido que arrastrar un as. Un insignificante as de corazones que agonizaba ante el poder de la reina roja tras el golpe final.
Z se incorporó con desprecio, recogió su premio he hizo una señal ordenando a sus guardaespaldas que era la hora de abandonar el local.
Se detuvo un instante y mirando fijamente al enemigo vencido le dijo:
- Ya conoces los deseos de la maleducada fortuna. Un día te da la mano y otro te roba lo que más quieres. Toma, puedes quedarte con esta tontería. No sirve para nada.
Dejó caer la esfera de bronce bajo sus pies. Rodó por el suelo hasta chocar en la oscuridad con un ruido sordo.
Espuma blanca, gozaba de fama entre los autómatas por ser una droga popular y difícil de encontrar. Sus efectos, parecidos a lo que antaño se denominaban sentimientos, los provocaba mayoritariamente su componente principal, la esencia blanca de los corazones usados. Era el escaso ingrediente el que lo convertía en un cotizado y caro narcótico.
Cuando las últimas gotas resbalaban del vidrio precipitándose en su ansiosa boca de bronce, entraron por la puerta lo que parecían ser tres clientes rutinarios con intención de pasar una tranquila tarde de copas.
Uno de ellos se dirigió con paso firme pero sigiloso hacia la esquina tapada por la nicotina. Los otros dos se quedaron en la barra y al poco tiempo fueron al encuentro de su compañero con un par de bebidas.
El primero sacó una baraja de naipes y la dejó caer sobre la mesa.
- Sobran las presentaciones. Hemos venido aquí para jugar ¿no? - Exigió a su adormilado oponente.
- Marvin espera que esta vez merezca la pena. - Contestó sin mucho interés.
Entonces el desconocido mostró un pequeño frasco de cierto líquido espumoso.
- Mi espuma contra tu chapa delantera. ¿qué te parece?. Si mi amigo se une tal vez quiera apostar algo. - Ofreció incitando al resto al juego.
- Yo voy. Espero que esto sirva. - Contestó uno de los que tenían un vaso en la mano mientras sacaba una especie de esfera rojiza con extraños símbolos impresos que brillaban a la leve luz de la bombilla que colgaba del techo.
- De acuerdo, Marvin acepta. - Susurró. - ¿El otro no juega?
- No, yo prefiero mirar. - Dijo retirándose de la partida sin mucho entusiasmo el robot restante.
Se sentaron los dos participantes alrededor del G-9 y sin más preguntas comenzó el reparto.
Cuatro cartas en el aire silbaron al compás del azar, que había empezado a tocar una melodiosa balada de incertidumbre, anunciando la llegada de la primera mano, en torno a la vulgar madera carcomida.
De pronto, el dúo invasor descubrió sus cartas agilmente. Cuatro naipes rojos se burlaron de dos picas, esculpiendo en el brillante rostro de su dueño una fría sonrisa.
Lentamente, una a una, G levantaba las suyas mientras la sonrisa de su enemigo se ensanchaba cada vez más y más, con aires de superioridad, confirmando su amarga derrota en la primera batalla.
Otra vez le tocó repartir a la suerte.
G fue el primero. Dos sietes se daban la mano sin importar el palo, formando una pareja tan perfecta que ni el ejército de picas fue capaz de destruirla, dejando al esbirro de Z fuera del campo.
Ya sólo quedaban ellos. Así como las reglas del juego lo exigían, en caso de empate se mantendría en pie la carta más alta.
Escogieron su destino oculto en el interminable mazo, contaron hasta tres y a la vez destaparon sus armas.
Un as. De todo el montón de cartones que yacía ante sus ojos, había tenido que arrastrar un as. Un insignificante as de corazones que agonizaba ante el poder de la reina roja tras el golpe final.
Z se incorporó con desprecio, recogió su premio he hizo una señal ordenando a sus guardaespaldas que era la hora de abandonar el local.
Se detuvo un instante y mirando fijamente al enemigo vencido le dijo:
- Ya conoces los deseos de la maleducada fortuna. Un día te da la mano y otro te roba lo que más quieres. Toma, puedes quedarte con esta tontería. No sirve para nada.
Dejó caer la esfera de bronce bajo sus pies. Rodó por el suelo hasta chocar en la oscuridad con un ruido sordo.
viernes, 23 de agosto de 2013
Los sucesores
Hablemos de engranajes. Los más pequeños eran para las partes delicadas, frágiles, como
algunas uniones de ligamentos de metal bronceado o diminutos miembros internos.
Los había grandes y medianos, para encajar las chapas de la coraza exterior, o con función
simplemente decorativa.
Una bobina de vapor hacía girar todo el mecanismo, removiendo los fluidos burbujeantes
por todo el chirriante espécimen, rotando así, las ruedecillas que forman cada tejido,
órgano o sistema, otorgándole vida propia, a veces con una inteligencia abrumadora
si era de buen material el diseño.
Multitud de trozos, piezas a medio montar y herramientas para efectuar las operaciones yacían en la mesa del taller de vapor.
De las oscuras y húmedas paredes también colgaba una interminable colección de pedacitos de estas máquinas junto a otra variedad de tecnología de funcionamiento similar.
Hablemos ahora de Jak, pero no más lejos de los detalles imprescindibles que
describen el extraño aspecto de este joven, aunque avanzado mecánico del peculiar vaho.
Nadie sabe como llegó a la región de los "Steam Heart" ni de donde vino. Sin embargo, poco tiempo falto para que multitud de focos oculares luminosos se percataran rápidamente de que no era un autómata de bronce.
Muchos conocían leyendas sobre la existencia de dichas criaturas, pero nunca habían visto de cerca a ninguna de ellas. Resultaban curiosas. Sus cuerpos de colores pálidos no eran fríos al tacto, más bien parecían estar sometidos a temperaturas levemente cálidas. Tampoco eran cuerpos de bronce, ni cuerpos soldados en partes, ni cuerpos articulados por tornillos fijados por tuercas.
Sí, resultaba curiosa esta copia imperfecta, peluda y blanda, cuya mirada se escondía de la extinción detrás de dos pequeños, demasiado pequeños, ojos pegajosos, cristalinos y apagados.
En algunos lejanos lugares, más allá de las tierras de los corazones de vapor, más allá de los cielos gobernados por los piratas del aire, más allá de las arenas rojas, incluso más allá de la gran nada, el paso del tiempo formulaba preguntas a los vientos de cambio. ¿Qué sucedió con estas especies? ¿Por qué desaparecieron?
En este instante, sean cuales sean las respuestas, carecen de importancia. Este es el principio del fin de una raza, un último organismo que construye y comercia las piezas de sus sucesores.
Era una mañana fría, como todas. El fuego amarillo aún no se había molestado en anunciar el final de la fase nocturna.
Un pequeño grupo de pseudomonos decidió madrugar para enzarzarse en su rutinaria guerra de bellotas contra los vidrios de los pisos vecinos. Para unos, estos animalillos causaban gran malestar con su continuo alboroto. Para otros, eran puntuales despertadores.
Cuando un último pseudomono rezagado, aburrido de las prácticas de tiro, abandonaba victorioso la avenida 84, Jak salió a retirar los proyectiles comestibles que habían aterrizado a la entrada de su fábrica.
De pronto, un par de ventanas se abrieron y dos inquilinos rompieron el silencio de la madrugada:
- ¡Otra vez! ¡Deberían desinfectar esta calle! - Replicó el más cercano, molesto por la supuesta plaga que ensuciaba todos los días el empedrado de la calzada.
- ¡Cállate Z32! ¡Vas a conseguir que se me desenrosquen los tornillos del núcleo! ¡Haces más ruido tú! - Contestó el que parecía ser partidario de las salvajes criaturas.
- ¡Tú no tienes núcleo, capullo! ¡Al montar tu circuito se olvidaron de ponerlo! ¡Eso pasa con todos los de la serie B!
Una nueva silueta, alarmada por los estridentes gritos de sus compañeros, apareció en otro de los balcones acristalados:
- ¿Pero qué es lo que os pasa? ¿Os falta aceite? - Preguntó uniéndose a la discusión. - ¡Se os oye desde la calle 44!
Por su parte, Jak permanecía demasiado concentrado en prepararse para la primera cita con uno de sus clientes. Apenas había terminado de retirar los frutos de la alfombrilla cuando unos pasos demasiado puntuales silenciaron el zig zag de su escoba.
algunas uniones de ligamentos de metal bronceado o diminutos miembros internos.
Los había grandes y medianos, para encajar las chapas de la coraza exterior, o con función
simplemente decorativa.
Una bobina de vapor hacía girar todo el mecanismo, removiendo los fluidos burbujeantes
por todo el chirriante espécimen, rotando así, las ruedecillas que forman cada tejido,
órgano o sistema, otorgándole vida propia, a veces con una inteligencia abrumadora
si era de buen material el diseño.
Multitud de trozos, piezas a medio montar y herramientas para efectuar las operaciones yacían en la mesa del taller de vapor.
De las oscuras y húmedas paredes también colgaba una interminable colección de pedacitos de estas máquinas junto a otra variedad de tecnología de funcionamiento similar.
Hablemos ahora de Jak, pero no más lejos de los detalles imprescindibles que
describen el extraño aspecto de este joven, aunque avanzado mecánico del peculiar vaho.
Nadie sabe como llegó a la región de los "Steam Heart" ni de donde vino. Sin embargo, poco tiempo falto para que multitud de focos oculares luminosos se percataran rápidamente de que no era un autómata de bronce.
Muchos conocían leyendas sobre la existencia de dichas criaturas, pero nunca habían visto de cerca a ninguna de ellas. Resultaban curiosas. Sus cuerpos de colores pálidos no eran fríos al tacto, más bien parecían estar sometidos a temperaturas levemente cálidas. Tampoco eran cuerpos de bronce, ni cuerpos soldados en partes, ni cuerpos articulados por tornillos fijados por tuercas.
Sí, resultaba curiosa esta copia imperfecta, peluda y blanda, cuya mirada se escondía de la extinción detrás de dos pequeños, demasiado pequeños, ojos pegajosos, cristalinos y apagados.
En algunos lejanos lugares, más allá de las tierras de los corazones de vapor, más allá de los cielos gobernados por los piratas del aire, más allá de las arenas rojas, incluso más allá de la gran nada, el paso del tiempo formulaba preguntas a los vientos de cambio. ¿Qué sucedió con estas especies? ¿Por qué desaparecieron?
En este instante, sean cuales sean las respuestas, carecen de importancia. Este es el principio del fin de una raza, un último organismo que construye y comercia las piezas de sus sucesores.
Era una mañana fría, como todas. El fuego amarillo aún no se había molestado en anunciar el final de la fase nocturna.
Un pequeño grupo de pseudomonos decidió madrugar para enzarzarse en su rutinaria guerra de bellotas contra los vidrios de los pisos vecinos. Para unos, estos animalillos causaban gran malestar con su continuo alboroto. Para otros, eran puntuales despertadores.
Cuando un último pseudomono rezagado, aburrido de las prácticas de tiro, abandonaba victorioso la avenida 84, Jak salió a retirar los proyectiles comestibles que habían aterrizado a la entrada de su fábrica.
De pronto, un par de ventanas se abrieron y dos inquilinos rompieron el silencio de la madrugada:
- ¡Otra vez! ¡Deberían desinfectar esta calle! - Replicó el más cercano, molesto por la supuesta plaga que ensuciaba todos los días el empedrado de la calzada.
- ¡Cállate Z32! ¡Vas a conseguir que se me desenrosquen los tornillos del núcleo! ¡Haces más ruido tú! - Contestó el que parecía ser partidario de las salvajes criaturas.
- ¡Tú no tienes núcleo, capullo! ¡Al montar tu circuito se olvidaron de ponerlo! ¡Eso pasa con todos los de la serie B!
Una nueva silueta, alarmada por los estridentes gritos de sus compañeros, apareció en otro de los balcones acristalados:
- ¿Pero qué es lo que os pasa? ¿Os falta aceite? - Preguntó uniéndose a la discusión. - ¡Se os oye desde la calle 44!
Por su parte, Jak permanecía demasiado concentrado en prepararse para la primera cita con uno de sus clientes. Apenas había terminado de retirar los frutos de la alfombrilla cuando unos pasos demasiado puntuales silenciaron el zig zag de su escoba.
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